Debido a la naturaleza tangible de los objetos que nos rodean -incluida la arquitectura- es fácil pensar en la irrelevancia de los valores estéticos que la luz proporciona, un espacio seguirá siendo funcional independientemente de estar, o no, iluminado. Sin embargo, adherirnos a este pensamiento negaría la capacidad que los humanos poseemos de observar; la ausencia de luz, nos limitaría en la tarea cotidiana de diferenciar y aún más grave, mermaría nuestra capacidad de decidir. Poniendo esta idea en palabras más románticas, la luz y sus efectos, nos permiten -de cierta forma- ser libres.

Iluminar un espacio consiste en colocar esa pizca de sal que distingue un platillo basto y lleno de sabores, de uno insípido. De la misma forma en que la sal consigue potenciar los sabores en un plato, la cantidad apropiada de luz nos permite exaltar los valores plásticos de la arquitectura, nos permite apreciar -incluso sin tocar- las texturas de una superficie, los volúmenes y las formas de un espacio. Por otra parte, gracias a su composición, permite a los espíritus más arriesgados, jugar un papel de ilusionistas, pensemos no desde una perspectiva sobrenatural, más bien, en ese mago que realiza su acto gracias al correcto acomodo de ciertos elementos, humo y espejos. En este sentido, los ilusionistas más diestros en el manejo de la luz, se toman libertades para crear una narrativa en torno a ella, crean cuerpos, modifican nuestra perspectiva, hacen y deshacen planos que nos dejan pensar en otras realidades, nos muestran y nos ocultan fragmentos de la obra mayor con la finalidad de realizar este acto de ilusionismo y narrativa. La luz nos permite contar -contarnos- historias.

Hablamos antes de la funcionalidad inherente de los espacios arquitectónicos, por ejemplo, un muro o un techo, continúan cumpliendo su objetivo independientemente de que logremos o no verlos, sin embargo, los seres humanos construimos nuestra realidad por medio de palabras e imágenes, no basta con nombrar un objeto, este no será real hasta que logremos verlo. En este sentido, la luz y sus efectos físicos sobre el espacio en el que habitamos circunscribe nuestra realidad a las cosas que logramos ver, por ende, la iluminación de un espacio, no solo cumple con una función estética sobre las obras, es más bien filosófica; la luz nos empodera de los espacios, al verlos, los sentimos más nuestros. Retomando el punto anterior, si bien un techo nos cubrirá de la tormenta, solo el hecho de verlo, hará que nos sintamos protegidos.

En el aspecto más básico de nuestra existencia, encontramos un pragmatismo de lo esencial sobre lo estético, creemos -malamente- que el espacio que contienen nuestras pertenencias, debe cumplir un propósito meramente práctico, como si no fuera necesario expresar nuestra unicidad, como si existiera un forma única de expresarla. Tal vez es por esto que rellenar el espacio vacío nos causa culpa si, dicho espacio no va cubrir una necesidad básica. Sin embargo, tan básico como es el alimento para los seres vivos, es también ese comportamiento intrínseco que la luz tiene de, inundar espacios y adoptar formas, es imposible contenerla, siempre que haya una fuente que la emita, esta se abrirá camino y llenará todo lo que este vacío, sea necesario o no.

Entonces, la decisión no consiste en permitir o negar el paso de la luz, es algo más importante, más profundo; es fondo y forma. Negar esta verdad, sería tanto como pensar que no necesitamos de agua para vivir, pues, así como esta nos mantiene vivos, la luz compone y nutre los espacios que habitamos.


La simplicidad de ser lo que estamos destinados a ser.

Para fines prácticos digamos que el destino es algo de lo que no podemos escapar, por más que nos lo propongamos, no importa que tan fuerte luchemos, parece que viene persiguiendo y su paso es cada vez más veloz que el nuestro

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