En el primer día se creó la luz, desde ese momento y hasta nuestros tiempos, los seres humanos hemos sentido y vivido bajo sus efectos, nos ocupamos mientras hay luz de Sol y dormimos cuando este se oculta. No sorprende que civilizaciones anteriores a la nuestra hayan desarrollado conocimiento y cultura alrededor de su naturaleza, tampoco asombra que las discusiones más polarizantes entre físicos se centren en la decisión de tratarla como partícula o como onda. Lo sorprendente es que a lo largo del tiempo ha pasado de usos prácticos a esteticos y viceversa en innumerables ocasiones, y a pesar de que hemos logrado comprenderla y dominarla bajos ciertos parámetros, las posibilidades de la luz aún parecen interminables. Nos encontramos ante una herramienta que sirve a todos los propósitos, incluido el más interesante: entendernos a nosotros mismos.
¿Luz para ver, observar o contemplar?
Pensemos en una puesta de sol a la orilla del mar, siluetas, texturas, colores que forman escenarios únicos. Quizás suene absurdo -para los habitantes de esta ciudad- realizar un viaje hacia el mar, para que, al llegar el momento elijamos no apreciar la escena. Si bien nuestra presencia será complementada con aromas, sensaciones y sonidos, cerrar los ojos representaría la decisión consciente de exacerbar el resto de nuestros sentidos, sacrificando la última pieza del rompecabezas. Esto aunque válido, demerita nuestra inherencia hacia lo visual.

De manera natural, los humanos nos sentimos atraídos hacia la contemplación. Construimos nuestra realidad a través de imágenes, vemos y después existimos, tenemos la necesidad de representar mediante símbolos a aquellos seres que -de facto- carecen de forma. Si nos trasladamos al terreno de lo físico, este fenómeno es producido por partículas tan ínfimas como infinitas, ondas que se reflejan y se refractan en toda la materia. Sin darnos cuenta, la apreciación que tenemos de todo lo que nos rodea no es más que una mezcla de estos dos hechos, la capacidad de ver complementa lo ineludible de la realidad. Necesidad y suficiencia.
Tiempo.
¿Recuerdas algún momento de total oscuridad?
Trata de pensar en un instante que no haya estado invadido por luz en algún sentido, parece imposible, incluso por las noches, incluso en lugares recónditos. Si pensamos en tiempos anteriores a las fuentes artificiales de luz, esta, nos permitió crear el concepto de los días y junto con ellos la idea del tiempo. Sabíamos que un día empezaba con tonos rojizos en el horizonte y terminaba en notas amarillas del lado opuesto y duraba mientras el Sol estuviese sobre nosotros, a la noche le correspondía la otra mitad, los tonos más fríos. Tanta es su relevancia que cuando comenzamos a necesitar días más largos, emprendimos una búsqueda de fuentes luminosas que simularan los efectos de la luz natural.

Su presencia perpetua nos ha vuelto dependientes de ella, la necesitamos para ver lo que nos rodea, para saber que el tiempo sigue transcurriendo, continuamos buscando tonos, colores y texturas que nos indiquen en qué momento nos encontramos. Lo conseguimos gracias a que abrimos los ojos, después de todo, ¿quién de ustedes sabe cuanto tiempo ha pasado mientras tiene los ojos cerrados?.
Espacio.
¿Cómo nombramos aquello que no logramos ver?
Es probable que no hayamos visto todo lo que existe, sin embargo, todo lo que algún día existirá, será debido a que fue trastocado por luz. El poder que tenemos para nombrar las cosas que nos rodean responden directamente a la capacidad de ver dichos objetos, nos resulta casi imposible nombrar aquello que no vemos y, cuando lo logramos, siempre es inspirado en algo que ya hemos visto. Esto más que ser un límite de nuestra imaginación, es resultado del proceso natural del aprendizaje humano: observar, explicar, nombrar.
La escritora Tedi López Mills en su ensayo “El libro de las explicaciones”, reflexiona sobre nuestra capacidad de nombrar diciendo “Desconozco el nombre del sonido que hacen las hojas secas cuando alguien las aplasta, no obstante, me es imposible no pensar ¿esto habla más de mi, o del ruido que hacen las hojas?…”. Ciertamente desconocemos el nombre de muchas de las cosas que nos rodean, no porque carezcan de uno, más bien porque nuestro conocimiento se acota a las que hemos visto. Entonces, si somos capaces de asignar un sustantivo al espacio que nos rodea y a sus elementos, será porque lo vemos, y en este caso, si lo vemos, es porque la luz lo tocó en algún momento.
El momento.
Una de las cualidades que más cautivan sobre la luz es su presencia inminente. Su estado de permanencia en el tiempo y el espacio nos permitió crear CUADROS DE LUZ, un espacio cuyo fin es crear conciencia sobre la relevancia de la apreciación, una zona que nos guíe hacia el autoconocimiento, un lugar que juegue con el concepto de frontera, un sitio que evoque mejores momentos, pero sobre todo, un punto de reunión para encontrarnos con nosotros, entre nosotros. ¿Quién sabe?, tal vez nos agrademos…


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