Desde que tengo memoria, llegar a casa y “encender la luz” es un acto reflejo
que pocas veces me detengo a reflexionar. Pareciera que los actos sencillos
ya no merecen nuestra atención, parece que nuestra sorpresa está guardada
para la capacidad de encender la luz remotamente.

Esta obstinación nos ha llevado a pensar que, no importa como se ilumine un
espacio siempre y cuando esté iluminado, a considerar la luz como un
número más que como una energía interminable . La efectividad ha sustituido
la afectividad
y nuestra obsesión por “tecnificar” todo lo que tocamos, nos ha
vuelto insensibles.

Entonces, ¿por qué seguimos buscando formas eficientes de iluminar, cuando
esto merma -de alguna manera- nuestra humanidad? Es sencillo, si bien la
tecnología nos insensibiliza, también nos vuelve conscientes y nos
proporciona herramientas para cuidar nuestro entorno. Entender que la
iluminación es fondo y forma, comprende la función natural que tenemos los
humanos de crear.

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